Hacía mucho que no jugaba al voleibol. Y cuando digo mucho, en realidad quiero decir que no jugaba desde los tiempos del colegio y del instituto. No se me daba mal; no era la mejor (eso se lo dejábamos a Ester, sin h intercalada, que era alta, fuerte y con grandes dotes para el deporte en general), pero no se me daba mal tampoco. Estaba en la media, tirando hacia arriba.

Ayer estuvimos de cumpleaños anticipado en casa de mis cuñados. Al hermano de Ki le regalamos el año pasado juegos para la piscina, entre los que se incluía una red hinchable de voleibol acuático. Pequeñita (la red), claro; que la piscina es también pequeñita. Aunque yo, con mi estatura, me ahogo en cualquier sitio. Pero ese es otro tema. A lo que iba: este año le hemos regalado la pelota de voleibol acuático seria, aparte de otras cosas, claro. Lástima que no tuvieran inflador de los de aguja (tampoco de los otros) y tuviéramos que jugar con baloncitos de playa hinchables.

Aun así, fue divertido.

Ya no me acordaba de lo que me gusta el voleibol.